15

mayo

Por Sin Comentarios

imageleonardodavincielhombredevitruvioUna psicoterapia realizada sin confrontar sería repetir mucho lo recibido. El ser humano no puede captar valores si su historia de dolor, generada por las negligencias recibidas, se lo impide. A su vez él también, por inclinación e identificación, tendrá su  dosis de indolencia, y de seguro actuará situaciones de forma negligente, siempre mediante un mecanismo de evasión consciente o inconsciente debidamente  racionalizado, que ocultará su error. Por ello afirmo que una terapia de escucha y comprensión pero sin confrontación se convertirá en una ayuda débil, inconsistente, “ligth”, y de pronóstico reservado.

Adler, a diferencia de Freud, pensaba que el tratamiento debía localizar las causas y apuntar al futuro: “Es peculiar del mecanismo espiritual perseguir siempre un objetivo”, “todos los fenómenos de la vida del alma deben entenderse como una preparación para una finalidad de objetivo”. Para Jung: “no debería olvidarse la religiosidad reprimida, los dioses olvidados se transforman en enfermedades, y el neurótico es un individuo que se ha apartado de su destino”. Es imprescindible que la psicoterapia, centrando su actividad en la captación de valores profesionales (ver artículo la indolencia y el proyecto de vida), incorpore lo espiritual al tratamiento. Ahora bien: ¿le incumbe al terapeuta el derecho, tiene incluso el deber, de tomar una posición en relación a la espiritualidad o al camino de vida evolutivo? ¿Tiene derecho a inmiscuirse y cuestionar la visión particular de la vida y las decisiones autodestructivas que toma su paciente, si estas resultan generadas por negligencia o indolencia? ¿No transferirá o impondrá una determinada concepción de la vida al paciente que en él confía? Según Adler, “el analista debe ejercer un rol activo y no limitarse a escuchar y a interpretar”. Jung expresaba: “en todo tratamiento psicoanalítico es fundamental agregar un planeamiento constructivo para el futuro”. Para Horney, “el analista no desempeña un papel relativamente pasivo sino que dirige deliberadamente el análisis y debe reconocer que él posee juicios de valor y que esos juicios son intuidos por el paciente”. Fromm, coincidiendo con Jung, nos dice: “en última instancia, la neurosis es síntoma de un  fracaso moral”, y agrega: “los problemas de la ética no pueden ser omitidos del estudio de la personalidad, ni pueden ser dejados de lado por el psicoterapeuta”. R. May: “el psicoanálisis está en crisis, y en las raíces de la crisis está la circunstancia de que el psicoanálisis no logra resolver el problema de la voluntad y la decisión”. Es decir el enfoque determinista de Freud, ni el de la inferioridad humana de Adler alcanzan, como bien dicen Rank y Reich,  para superar las limitaciones respecto a los cambios que debe realizar el paciente. Por ello afirmo que todo resultará incompleto sino centramos la responsabilidad en la evolución del hombre. Y nada es evolutivo sino existe lo espiritual, el cumplimiento de los deberes personales, y ello se consigue si tomamos conciencia y derrotamos nuestra tendencia original a la indolencia, que nos subyuga y nos seduce a la búsqueda de lo más fácil. Es por ello que el terapeuta analizado, consciente de su indolencia y comprometido con su profesión, deberá señalar las identificaciones negligentes recibidas y confrontar aquellas actitudes y conductas indolentes del paciente que le impiden lograr su misión y lo arrastran a la desvalorización. Toda terapia debería tender hacia una meta: que el individuo se vuelva evolutivo para él y la humanidad, y ello solo se consigue derrotando a la indolencia fuente de dolor y negligencias;  y confrontando con esfuerzos de coraje las irresponsabilidades recibidas y las propias

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *