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octubre

Por Sin Comentarios

pade-corre-con-hijos-pTodo individuo que elabore las pérdidas de su primer año de vida adecuadamente mediante un entorno responsable que lo contenga y estimule, estará mejor preparado  para procesar los diferentes duelos que enfrentará a lo largo de su vida. Ocurrida la mayor de las pérdidas, la del útero, iremos internalizando en el Yo las distintas situaciones vividas con el medio externo como experiencias buenas (entorno responsable) o malas (entorno negligente). Experiencias responsables de padres que generan regocijo y exigen conductas apropiadas; o experiencias irresponsables de padres negligentes (indolentes) con exigencias inadecuadas (exageradas o nulas), que generan sufrimiento.  Del balance entre las experiencias buenas y malas se configurará nuestro narcisismo y nuestra realidad.  El psicoanálisis nos ha explicado que nacemos con predisposiciones constructivas hacia la vida: Eros; y con inclinaciones autodestructivas: Tánatos.

Si las experiencias desagradables superan a las agradables, se exacerbarán las inclinaciones destructivas. Así: el egoísmo, el abandono afectivo, el descuido de una madre depresiva, las privaciones, un medio familiar hostil, los maltratos, las exigencias anómalas, etc.; así como también el extremo opuesto: ahogo por sobreprotección, simbiosis vincular exagerada, padres temerosos, posesivos, permisivos, amiguitas, etc., darán lugar a predisposiciones letales. Ambos emergentes extremos del entorno, podrán actuar el tánatos: así, unos por identificación con el medio hostil se convertirán en tiranos hacia afuera, y los otros en tiranos hacia dentro. Ya desde el comienzo, es decir desde la salida uterina el entorno será responsable y satisfactorio; o negligente e insatisfactorio. Percibirá de su cuidador, que de él depende su existencia; así como lo hará sufrir cuando lo priva, también lo gratificará y protegerá. Pena y miedo de perderlo, como cuando perdió el grato, egocéntrico e indolente mundo intrauterino. La misma ansiedad y temor, la repetirá y sentirá de por vida ante cualquier pérdida.  En consecuencia, ganará confianza y será optimista cuando es bien tenido en cuenta por el cuidador;  y por el contrario, desesperanza y pesimismo si se percibe poco importante.

Ahora bien, cuando las frustraciones exógenas son abundantes,  el niño se defiende del sufrimiento reforzando su mecanismo de negación, y mediante el autoengaño, acude a fantasías omnipotentes en el intento de dominar la decepciones. Los adultos que acuden a este tipo de defensa inconsciente, desarrollarán una personalidad maníaca motivada por un mecanismo defensivo regresivo: ¡la omnipotencia!, cuyo origen es uterino, pues el feto se percibe un todo como consecuencia de la incondicionalidad materna. Esta personalidad maníaca le proveerá ensueños de suficiencia e inmunidad ficticia, invulnerabilidad y poderío. Si además ejerce agresión y sadismo, proyectará el dolor afuera por identificación con el entorno agresivo, liberándose así del dolor y el temor recibido  que fue internalizado. De manera contraria operará el melancólico/depresivo ante las frustraciones exógenas, su agresión la volcará hacia sí mismo; generando un adulto apático, que percibirá todo exagerado hacia el desmérito, las vicisitudes normales serán percibidas como insuperables, y a su desesperanza la vivirá sin salida. Esta cualidad de enorme en ambas formas de reaccionar frente a las frustraciones exógenas, tiene  su origen en la visión de indefensión y dependencia que percibimos desde que nacemos. De aquí la importancia del medio para que, con otredad y responsabilidad adecuada, pueda forjar en sus descendientes una personalidad productiva que enfrente las vicisitudes de la vida con coraje, pero sin extremos.

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